«La focaccia no se hace con prisa.»
Todo empezó con el pan. Vengo de una familia de panaderos, y en Roma aprendí el oficio junto a verdaderos maestros: fermentación lenta, buenos ingredientes y, sobre todo, las manos.
Con Da Vinci quise llevar esa herencia un paso más allá: cuidar cada detalle, perfeccionar cada receta, hasta que la focaccia se vuelve una pequeña obra maestra. Más que comida — un pedacito de Italia, servido caliente.